El asesino de ídolos

No he matado a ningún ídolo, aunque debería, y cuando entrevisto a alguno soy incapaz de sentir algo que no sea interés por sacarle la mejor información o la mejor conversación posible. Hace años, Clint Eastwood se sentó en una silla para ser entrevistado y, antes de empezar, se dirigió al periodista para decirle: “Hoy estoy especialmente flatulento, lo digo por si notas algo raro“. A ese entrevistador le robó el móvil en su cara Harrison Ford, lo humilló Anthony Hopkins porque ese día, dijo su agente, el actor se sentía “gordo” (y lo estaba, gordísimo; tanto que cuando llegó el momento de las fotos el agente explotó: “¿No le he dicho que está gordo?”) y Tom Hanks le regaló una maleta que resultó estar, cuando al periodista le retuvieron en el aeropuerto, llena de cuchillos (no ayudó que en el interrogatorio dijese que la maleta se la había regalado Tom Hanks; “así que Tom Hanks, ¿y le dijo Tom Hanks lo que tenía que hacer con los cuchillos dentro del avión?”).

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