La destrucción de la democracia | Internacional

Donald Trump, este jueves en una plataforma petrolífera de Midland (Texas).Bob Daemmrich/ZUMA Wire / Splash / GTRES

Jamás Estados Unidos ha suspendido unas elecciones presidenciales, ni siquiera en plena guerra civil o durante las guerras mundiales. El corazón de la gran democracia americana es la elección de su presidente por el voto de los delegados surgidos del sufragio universal cada cuatro años el primer martes después del primer lunes de noviembre. El poder inmenso del que goza el primer magistrado de la república tiene su origen precisamente en el escrupuloso respecto a una regla de juego a la que se someten todos los candidatos y que todos aceptan, antes y después del resultado arrojado por las urnas.

Hasta hoy. Ahora hay un presidente en la Casa Blanca que ya ha venido anunciado su reticencia a aceptar el resultado de las elecciones del próximo 3 de noviembre si no es él mismo quien sale vencedor de los comicios. Es conocida su desconfianza en el sistema electoral, especialmente ante las expectativas de resultados adversos. Tras su victoria presidencial en 2016, con tres millones de votos menos que su rival Hillary Clinton, gracias a un sistema electoral que premia a los territorios por encima de los ciudadanos, extendió el bulo de un fraude masivo por parte del Partido Demócrata, hasta promover una investigación que no condujo a ninguna conclusión fiable.

Antes de la explosión descontrolada de la pandemia, fruto de su alocada e irresponsable gestión desde la Casa Blanca, todavía confiaba en la buena marcha de la economía y en la ventaja del titular cuando se presenta por segunda vez a las elecciones. Ahora todo se ha hundido. Su prestigio está por los suelos, incluso en las filas republicanas. Muchos senadores y congresistas temen por sus escaños, arrastrados por el desprestigio creciente del presidente. Ni una sola encuesta le es favorable, ni siquiera en los Estados de voto dubitativo e incluso en los de voto republicano. Solo faltaba la cifra terrible de una caída del 9,5% de la economía del país en el segundo trimestre del año.

Así es como se han precipitado las amenazas que se esperaban para el otoño. Ya no se trata de dudar sobre el resultado electoral para el caso de que sea desfavorable. Tampoco de impedir el voto por correo, el mejor controlado y seguro ante el fraude, que permitirá movilizar al voto demócrata incluso en situaciones extremas de pandemia. Ahora Trump se propone, lisa y llanamente, suspender y aplazar las elecciones, una decisión para la que no cuenta con poder legal alguno y que de materializarse significaría la destrucción del sistema democrático.

De momento es solo un deseo expresado en un tuit. Veremos cuál es el acompañamiento que reciben sus manifestaciones desde el Partido Republicano y desde la Casa Blanca. Lo más probable es que de momento queden en nada. Se necesitaría una ley del Congreso para tomar una decisión tan grave. Pero este cohete escandaloso lanzado inopinadamente por el presidente anuncia ya su enorme disposición a embarrar la elección presidencial y su rechazo a admitir la derrota que está dibujándose ya en el horizonte.

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